“Ustedes perdieron un país dentro de ustedes”
Yolanda Pantin
Después de ver “Caracas ciudad de
despedidas” vinieron a mi mente montones de ideas y experimente diferentes sensaciones…
Ya con la cabeza fría puedo discriminar, entender y argumentar algunas cosas
luego de poner cada pieza de ese rompecabezas emocional en su sitio…
Lo primero que me parece sensato
es que un grupo de muchachos tenga la posibilidad de expresar lo que sienta y
lo haga libremente, todos merecemos que se respete nuestra vivencia y punto de
vista y por eso cada uno de nosotros seguimos peleando por mantener la
pluralidad y la democracia a pesar de lo golpeada o alterada que pueda estar.
Celebro entonces la iniciativa de instrumentar un documental, corto o video (no
me queda claro el género) en donde se resuma una postura de lo que significa “ser
caraqueños” para ese grupo de jóvenes que se lo viven de esa manera.
Independientemente del objetivo que tuviera en su inicio o de si es armado,
real, espontaneo o no tal como se ha comentado por los montones de críticos
automáticos.
Lo primero que me vino a mi mente
fueron mis sobrinos ¿Que hice o deje de hacer para que ellos pudieran pensar de
manera similar a como se expresa en el video?... Me invadió al principio un
sentimiento de culpa, que mi sobrino fuera como alguno de esos jóvenes que
estaba en la pantalla, porque lo que si rechazo es el reduccionismo y la falta
de amplitud y de distinciones conceptuales, sociales y culturales de esos
jóvenes para describirse como caraqueños. Me parece lamentable que generemos
como sociedad polaridades como se muestran en esas imágenes, percepciones tan
sesgadas como las que aparecen allí. No las desprecio o las irrespeto, pero me
parece triste en nuestro balance final como colectivo.
Cuestiono sus planteamientos
debido a que si bien los temas tocados por ellos: inseguridad, caos, pocas
opciones de desarrollo profesional, segmentación social, etc. son ciertas,
ninguna de ellas nos invalida como seres humanos para trabajar en nuestro
círculo de influencia inmediato generando mejores condiciones de vida en
nuestro entorno. Pareciera entonces que todos ellos fueran víctimas
descerebradas de una cultura que los expulsa a otros países donde les van a
remplazar el cerebro y la ilusión. Porque la iniciativa para ellos y la
posibilidad de futuro están fuera de nuestra frontera, al menos así lo
comentan. No vemos personas responsables por sus acciones, vemos a un conjunto
de personas colocando el poder de TODO lo que les sucede en el afuera, en
elementos externos a ellos.
Desde hace casi 4 meses he tenido
la fortuna de trabajar en mi primer proyecto en televisión, como actor en una
producción dramática juvenil, por lo cual la mitad del elenco son muchachos de
esas edades que con diferentes matices de talento trabajan duro para construir
un espacio de proyección y de posibilidad en un medio muy difícil.
Mi sobrino, de la misma
generación (22 años) a punto de graduarse de Sociólogo, ha participado en tres
Modelos de Naciones Unidas Internacionales y en el último con el rol de Jefe de
Delegación potenció el logro de diferentes premios para su grupo. Actualmente
asesora a otros jóvenes en el desarrollo de habilidades para participar en
estos encuentros, estimulándolos al análisis, la crítica, la revisión
histórica, la defensa de ideas con argumentación sólida.
Lo que quiero decir con este par
de ejemplos que tengo a la mano es que hay una diferencia abismal entre las
conductas que se desprenden de una actitud de derrota, queja y escape a una
actitud realista y responsable hacia las propias acciones.
Tengo la sensación a veces de que
tenemos décadas huyendo de nosotros mismos, de lo que somos como nación, de
nuestra identidad como venezolanos. Comencé a cuestionar el concepto de
identidad gracias a los análisis que ofrece Mireya Vargas en “¿País en regresión?”, título que no
quería aceptar al principio, hasta que me adentré en sus respetables y
cuidadosos análisis sociológicos y psicológicos.
Hemos aprendido a cuestionar
nuestras costumbres, nuestros ritos, nuestro estilo. Salimos fuera y escuchamos
que muchos venezolanos no se vinculan con compatriotas porque “se rayan” porque
es preferible vincularse a extranjeros para que no los “confundan…” Aún
recuerdo que cuando mi cuñado en Panamá me conoció me dijo “Que bueno que no
eres como el común de los venezolanos que viven aquí, son lo peor que tenemos…”
Me dio vergüenza escuchar sus argumentos por demás contundentes sobre esa
afirmación lapidaria…
Vivimos un éxodo que se ha
convertido en una epidemia de “#Irseporquesi” ó tal como lo dicen los integrantes
del video en cuestión “#Mequieroirdemasido”. Siempre que planteo esto recibo comentarios
acalorados, sobre todo de mis queridos y extrañados amigos que están fuera, sobre
los cuales guardo una extraña esperanza de retorno… De todos ellos, sobre todo
de mis amigos cercanos, respeto y entiendo sus razones mixtas y auténticas:
Seguridad personal de sus hijos, desarrollo de carrera, adquirir conocimientos
y habilidades imposible de obtenerlas aquí, regreso a la familia ampliada, etc.
Lo que no he tolerado de algunos es su fase de negación previa a marcharse para
reducir su Disonancia Cognoscitiva, esa que les produce la pérdida y el duelo
que cada uno a su manera vive con mayor o menor intensidad.
Es lo que yo he llamado el
“Síndrome de la Partida” caracterizado por la magnificación de lo negativo de
su entorno, exageración de la realidad e incluso negación de su propia historia
de éxito en este contexto, que ahora rechazan exageradamente para poder irse más
tranquilos y conformes con su decisión. “Si
pudiera dejar de ser venezolano renunciaría a mi nacionalidad y a mi historia”
como el personaje de Lautaro Sanz de
Sánchez Rugueles. Creo que por eso me causo tanto rechazo la novela Los Desterrados, estuve a punto de
botarla luego del segundo capítulo, algo me hizo retomarla y afortunadamente me
reconcilié con el autor cuando llegué a su explicación de por qué nace Lautaro
y a su discurso cuando recibió el premio de Literatura Arturo Uslar Pietri. Para
mí se trata de la creación de un personaje que representa sus demonios en
relación a la identidad y la conexión emocional con el ser venezolano,
expresado a través de una creación literaria con sentido y propósito en un
contexto y un código que permite la reflexión y el inicio de un proceso de
aprendizaje para el lector. Esa es para mí una postura inteligente, sensata,
que suma en lugar de restar, a pesar de lo crítico sobre nuestra identidad, así
como la de otros escritores en el “exilio” como el mismo Juan Carlos
Mendez-Guedez que recrea sus recuerdos nutritivos y melancólicos de su Caracas
posible en sus diferentes personajes.
Creo que debemos aprender a asumir
posturas críticas responsables y debemos propiciar un espacio para que ocurran
de esa manera en nuestros compañeros, familiares y amigos, estén aquí o fuera
de Venezuela. Rechazo categóricamente la crítica fatua, fácil y simplista de lo
que somos y de las decisiones reduccionistas sin argumento sobre migrar:
“Me voy porque no quiero que me roben el Blackberry”
“… por que quiero salir de rumba a las 3 de la mañana sin que me pase
nada”
“…porque me quiero bañar con
agua caliente todas las noches”
“Esto es una cagada de país, aquí ya se acabó todo…”
“Venezuela… la de antes, el último que apague la luz”
Yo decidí prender la luz todos
los días. Desde hace 10 años trabajo en consultoría de Gestión Humana de
empresas generando un espacio sanamente productivo. Soy responsable de lo que puedo serlo en mi círculo de
influencia directo. El espacio que he construido junto con los que encabezamos
este proyecto de vida, permite que otros profesionales también lo hagan. En
nuestro interés por estimular que las personas se piensen un país distinto
desde lo individual, elaboramos y diseñamos experiencias de aprendizaje para
reforzar las habilidades que se requieren para construir, analizar, adaptarse y
hacer crecer el entorno que cada uno de nosotros desea. Sin importar “burbujas”,
sectores, divisiones o colores.
Yo decidí quedarme, asumiendo que
soy responsable de los líderes que tengo y tendré como parte de esta sociedad,
asumiendo que soy protagonista y no de la novela donde trabajo ahora, sino del
país donde vivo, asumiendo que tengo el deber de conocer y entender a los que
piensan y sienten distinto a mí.
Yo también me siento inseguro
cuando salgo a la calle, pero mis padres, emigrantes y a su vez hijos de
emigrantes, me enseñaron a querer esta Venezuela que se respiraba desde que mi
hermana y yo éramos chiquitos en mi casa. Ellos la construían en pequeñito
todos los días y nos enseñaron a que nosotros también podíamos hacerlo siempre.
Ellos decidieron venir, por eso entiendo a mis amigos que se van y por eso… yo
decidí quedarme.
Debemos aprender que muy en el
fondo no huimos de un país, huimos de nosotros mismos, de eso que rechazamos
como Venezolanos, de esa parte que señalamos en otros, en el afuera, pero que
forma parte de nuestra esencia. Porque somos esta polarización y esta
fragmentación que vivimos, este odio entre “opuestos”, estos colores diferentes. No somos UNO de los bandos, somos
LOS DOS bandos. Somos los chamos del video y los que han respondido al video,
somos los del Caracas y los del Magallanes, todos juntos en un mismo estadio y
también somos aquellos a los que no les gusta el Beisbol.