Entonces me perdía en ese mundo interno, me colaba por las rendijas de mi cansancio para explorar los espacios de paz… Dejaba sobre el escritorio al hombre par, máscara de lo que se debe, para recrearme en mi necesidad de armonía… Navegaba por ese callejón de disfrute queriendo que fuera un laberinto.
…y en ese laberinto respiraba muy profundo… respiraba energía, olores familiares, café recién colado, perfume de las flores de aquella casa con patio, olor a tierra mojada de un domingo por la tarde… Me entregaba, y el cansancio se diluía como aquellas gotas de tempera cuando lavaba los pinceles del colegio… y al dar la vuelta en una de sus curvas el laberinto me regalaba una sorpresa, con aroma de otros lugares y fuerza transparente.
…Era una trampa del laberinto como muchas otras? Cuantas flores no valoradas eran necesarias para que nuevamente una de ellas fuera escuchada? Nuevos reflejos de mi mismo en este espejo…En el borde del contacto, en ese delgado límite del disfrute, queriendo conservar siempre el equilibrio… con la diferencia que ahora la red del trapecista soy yo mismo…
…Y caía nuevamente, y mientras lo hacía me daba cuenta que magnificaba cada centímetro de aquel regalo por mi necesidad de recibirlo. Día a día rebotaba en mi propia red y me reponía al juego de mi inconsciente. Caminaba por mi propio pasadizo, por estas líneas, desde las que contemplaba al hombre par aún intacto, sonriendo, en mi escritorio…
…finalmente caí en ese gran estanque. Pude sumergirme en plena soledad. Allí todo dependía de mí mismo… y mis pensamientos se confundían con el agua que salpicaba después de cada brazada. Al fin, en mi verdadero espacio, entendiendo lo esencial de encontrarme… salía del agua y volvía a mí. Integrando al hombre par conmigo…Cada vez mas.